29/09/2015
Bonita tarde de veranillo de San Martín y la puerta de mi bólido se abre. En el otro lado se avista una señora, entre 75 y 80 años, aspecto de señora, ropa de señora. Todo era muy señora.
- ¿Me puedo sentar? —pregunta la anciana entre atosigada y dubitativa.
- Por supuesto —respondo amablemente mientras mi otro lado del cerebro piensa "no, tiene que ir de pie, señora. ¿Qué se piensa que es ésto? ¿Un tacsi?"
Se intuía un viaje singular y no me iba a equivocar. Séptimo sentido de los taxistas lo llaman. Algún día os contaré cuál es el sexto.
Me indica que quiere ir a la calle Real. Perfecto. Viaje sencillo y rápido para mi máquina del desplazamiento espacial. Y es aquí donde empieza el auténtico viaje.
- ¿Y ahora por qué paras? —pregunta extrañada la octogenaria.
- Porque está el semáforo en rojo.
- Aaah, el semáforo —asiente mirando para él, con cara de asombro e incredulidad.
Llegamos a la Plaza de Pontevedra, treintaydos "¡Ay, Dios!, ¡ay Dios!" más tarde, expresión que no paraba de exclamar mirando para todos los lados con cara de susto. Una vez en la plaza me pregunta:
- ¡Oh, cuánta gente! ¿Y pasaría algo? —pregunta ante una plaza normal y corriente de una tarde de lunes normal y corriente en la que había una cantidad de gente normal y corriente paseando normal y corrientemente.
Seguía exclamando "¡ay Dios!" a razón de tres por minuto. Todo le llamaba la atención, incluso se aventuraba a dirigirme, erróneamente, cartilla del banco en mano con el dinero dentro.
Llegamos al destino y me pregunta "cuánto dinero cuesta". Le digo la cantidad, abre su cartilla/billetero y me paga.
- ¿Y ahora qué hago? ¿Me bajo?
- Sí, claro —respondo mientras mi lado simpático del cerebro quiere decir "no, señora, ¿no sabía que ésto es un tasi de no retorno y que está secuestrada?"
Y por ahí va, sin soltar su cartilla del banco, entre paseando y vagando, con destino o sin destino, una señora que debe de haber despertado de un coma de 50 años o de salir de una cueva.
Más tarde me quedé pensando y me dió mucha pena. ¿Quizás la soledad de una señora mayor sin familia? ¿Quizás la reclusión voluntaria en una casa? No lo sé, me hizo pensar y nada bueno.
Personas del milenio pasado.